Como parte de las Galas del templo, del Festival Internacional Alfonso Ortiz Tirado, Verónica Valerio ofreció un recital de arpa y voz, integrado por composiciones propias.

Un recital que se sintió como un todo orgánico, poético y chamán, porque sus letras aluden a la naturaleza  y a sus elementos, agua, viento madera, bosques, lluvia, mar y el arpa suelta sus sonidos como gotas de agua.

El efecto relajante de las tonalidades profundas del arpa, va distendiendo cada conflicto anudado en las terminaciones nerviosas. Por momentos utiliza su voz como aquellas cantadoras tradicionales religiosas de toda américa, aguda y plañidera, para luego dejar caer en las profundidades del alma registros reconfortantes con la nobleza de una bebida caliente.

“Nube de agua” fue lo primero que nos interpretó, una plegaria en la que pide volver al medio líquido en el que nos formamos antes de nacer, siendo tres partes de agua; una plegaria que plasma imágenes en el lienzo de nuestras mentes.

Toma la palabra para decirnos que es su segunda vez en Sonora, pues el año pasado se presentó en Punta Chueca y cambia de paisaje para dedicar una canción al desierto: “Tolvaneras”. Ahora despliega un nuevo lienzo y antes de empezar a llenarlo de azules, recuerda que una vez se preguntó qué pasaría si le escribiera una  carta al mar. La respuesta es “El mar y yo” inspirada en la costa de Oaxaca.

Posteriormente pasó un año absorbiendo Blues en Nuevo Orleans y estudió en el Conservatorio Boys and Girls Harbor, en Nueva York. De esta manera encontró claridad en su búsqueda musical en dos vías: por una parte, las músicas tradicionales con su contenido social y poético, por la otra,  la recreación de estos lenguajes de manera contemporánea y propia.

Siguió el torrente de sus canciones en el Palacio Municipal de Álamos, canciones que de pronto podemos comparar con el New Age, pero algunas  tienen el inconfundible compás de Rock y otras el chuntata chunta de las rancheras.

“Mi padre no era mi padre, tampoco era hija de Adán, el abandono de nadie, el desconsuelo de todo, la selva me sabe a lodo, el lodo en mí es un lunar. El tiempo en el tiempo se escapa, en mi espalda la cicatriz del mar y mientras todo descansa, mi piel sostiene un lunar”.

La única selección no propia que interpretó es de Cazuza, de Brasil, pero en español. También le escuchamos un bolero a capella, una respuesta al sabor de la derrota en la obra de José Alfredo Jiménez, compositor al que respeta mucho, y una paráfrasis de la tradicional canción veracruzana “La guacamaya” a la que añade una llamada de atención sobre el calentamiento global.