Álamos, Sonora, enero de 2018. – Es como si estos chicos hubieran nacido para tocar en vivo. Hay algo en su disco y en sus videos que, hasta ahora, no deja escuchar, sentir, vivir la musicalidad, la energía, la fuerza del río que ayer corrió a través del cauce dibujado por Guadalupe Mediavilla y su banda.

Un cauce intenso, colorido, y hasta por momentos vertiginoso, que inició su ruta dos horas antes de la medianoche de ayer. Puntual. Al frente iba, claro, Guadalupe, esta mercedina menudita que ha ido aprendido a trazar ríos (y colorearlos), sobre todo desde que hace unos años dejó su natal Villa Mercedes, en la provincia de San Luis, en el ombligo de Argentina, para ascender por toda Latinoamérica hasta llegar a México, donde, como buena hacedora de cauces, un buen día encontró el mar. Y se quedó.

 

Junto con ella y su acordeón, el afluente de anoche estaba compuesto por Malik Peña en el contrabajo, Jovan Guerra en las percusiones, Pavel López en el saxofón y Rob Cavazzini en la guitarra acústica. Pero, bien mirado, nada de extraño parece haber en que Guadalupe Mediavilla y su banda adquieran otro sonido en vivo, si, precisamente, se la viven tocando. “Vamos viviendo de la música”, ha dicho ella, “vendiendo nuestro material, tocando. Tocamos sin parar. Estemos en Nayarit o en Europa, no paramos de tocar. Más de 50 presentaciones hicimos el año pasado en nuestra gira por países europeos”.

 

Y lo de anoche fue la constatación de ello: el frío paralizaba las manos, golpeaba las coyunturas del cuerpo, pero el calor del klezmer, el jazz, el tango, la cumbia y hasta el vals de Guadalupe y su banda fue derritiendo el hielo.

 

Un chamaco, pegado al pie del escenario, fue quien desde la primera rola puso el ejemplo: se sacudía de la cabeza a los pies con tanta intensidad que, en un descuido, su gorra salió volando. El pequeño fue tras ella y, acaso asustado por su vehemencia, corrió a refugiarse a los brazos de su madre. Después los mayores seguirían sus pasos, aunque, eso sí, menos vigorosos o más tímidos.

 

A medio concierto, cinco hombres adultos que habían estado moviéndose desde sus asientos, por fin se animaron a ponerse de pie y bailar entre ellos. Fueron dos piezas nada más las que resistieron solos en círculo. Luego, al vaivén de una “Cumbia San Panchera”, cada uno fue por su pareja. Y el mundo por completo parecía caber dentro del espacio que ocupaban todos ellos con el baile y la música.

 

Pero algo así tenía que pasar en algún momento. Porque la entrega de la banda en el escenario es absoluta. No. No es aquella entrega que se expresa con aspavientos y luces artificiales. Es más bien ese tipo de entrega que se vuelve una pequeña muerte que reconecta al artista, al creador, con la vida. Y, siendo así, Guadalupe Mediavilla y su banda están dispuestos a morir cuantas veces sea preciso.

 

Esta forma de morir en el escenario o en la calle con cada presentación, tiene que ver, nos dice Guadalupe Mediavilla, con que a la hora de estar tocando el artista debe entregar todo su ser, completo. “La entrega –dice– es como un dejar de ser. Y si a esto le sumas el mensaje, las letras, resulta entonces que en cada canción uno deja de ser uno mismo y pasa a ser parte de los otros”.

 

Sin duda es así. Al menos es así con Guadalupe Mediavilla: anoche, en cada canción, el buen escucha podía imaginar el camino y la forma de sentir de esta mujer que desde pequeña jugaba con su hermana a la música. Y hay registro de ello: las letras de Vértigo (Soga Recordings, 2016) hablan del baile, la melancolía, la mentira, la verdad, el tiempo, la naturaleza, el agua y, por supuesto, los ríos: “Estoy a orillitas de un río al sur/ Y el sol baña mi alma llena de calor/ Voy a nombrarte en este tiempo/ Guardará la montaña/ Todo lo que por ti estoy sintiendo/ Las flores dan el color de la mañana/ Las piedras harán que subas la montaña/ Y el bosque oirá tu canto/ Que retorna la fuente/ Viviendo intensamente/ Y amando sin dudarlo…”

 

Parece que el tiempo de Guadalupe Mediavilla es otro tiempo. Ha de ser por eso que, cante lo que cante, uno siempre encuentra una voz rasposita, como de ola en retirada, y eternamente melancólica. A ella suelen decirle que hay algo viejo, algo antiguo en su música, en sus letras, en sus gustos. Pero esto no la incomoda. Al contrario. Dice: “A mí me llama más la atención lo antiguo que la modernidad. Siempre busco lo viejo; quiero que la gente grande me cuente historias. Es algo que llevo. Parece como si el tiempo, dentro de mí, transcurriera más lento”.

 

La noche de anoche, en Álamos, el tiempo fue una sensación, no un pasar de minutos. El frío pesaba cada vez más. Mientras, Guadalupe Mediavilla y su banda convocaban desde el escenario “baila, para espantar las penas y cantar…”; y el público les hizo caso, pero también el viento helado que se agitó, como presagio del final.

A las 23:23 sonó la última nota. El escenario quedó a oscuras. Todo había terminado. Y, mientras buscaba refugio, me di cuenta de que mis pasos raspaban la memoria y me hacían cantar: “Muertes luminosas, luminosos nacimientos…”