20 febrero, 2024
Radio Sonora
Opinión de Sylvia Arvizu

Un día como cualquiera

De nada sirve respirar profundo. Arcelia esta fúrica. Es la tercera ocasión que hace fila en el mismo día en la ventanilla para afiliar a su hijo y sus papás en el seguro social. Al abrir el folder frente al mostrador, de la nada salen volando como impulsados por una fuerza extraña un reguero de papeles que pretendía entregar a la funcionaria en turno. No falta quien le ayude a recoger papeles del suelo. No falta quien se la brinque en la fila y le quiten el turno.

La primera vez que llega hasta el frente, la devuelven porque le hacen falta las credenciales del INE originales de los dos adultos, y credencial de la escuela del menor. La segunda vez frente al acrílico les dice a los del otro lado que había consultado la página de internet y en ningún lado decía que requerían esos documentos. La servidora pública sin hacer un solo gesto ni despegar los ojos del monitor embarrado de chamoy se limita a decir: pues que raro.

Unos minutos después, la de la ventanilla le pregunta la edad del menor. Dieciséis, contesta. Ay que pena, no podré afiliarlo. Él debe tener seguro por parte de la escuela. Chéquelo verá. Disculpe no haberle dicho la primera vez. Silencio de espera y cansancio. Ay no puede ser, tampoco a los adultos podré afiliarlos. Estoy cotejando los documentos. Tu papá no tiene en tu acta el segundo apellido, solo la inicial. Entonces pues yo no puedo saber si se trata de una persona distinta a la de la CURP que me están presentando. ¿Si me explico?

¿Otra persona? ¿Podría ocurrir que dos personas con el mismo nombre, la misma fecha de nacimiento en su acta, la misma dirección en la INE y en este comprobante de domicilio esté casado coincidentemente con la misma persona de esta acta de matrimonio?
Otra vez no hay gestos, solo una respuesta: ¿Qué raro verdad?
La sensación de derrota es una mezcla entre frustración e ira. Bajo el sol, Arcelia se queda mirando a lo lejos. Ahí afuera de la clínica del IMSS cae en la cuenta que las oficinas del Registro Civil están a cinco minutos a pie. ¿porqué no intentar averiguar que se puede hacer para corregir los datos en un acta de nacimiento?

Las banquetas del centro de usos múltiples parecen eternas. Ya atrás quedaron todas las ventanillas de trámites habidos y por haber. Que si la agencia fiscal, que si las placas, que si la tenencia, que si el predial. El cajero es el último lugar del recinto. Pero Arcelia considera importante ir para corroborar en la pantalla el acta fiel del libro, de las que se hacían a mano, con letra cursiva y verificar si es ahí desde donde proviene el error del segundo apellido.

Pero el cajero piensa lo contrario y el cartón que cuelga frente a la pantalla que dice “fuera de servicio” no le sirve a Arcelia mas que para echarse aire después de recorrer toda la explanada hasta ese cubículo.

Pone el cartón de regreso en el alambre que sirve de sostén y decide subir a la planta alta donde sabe que están las oficinas del registro civil. Quiere preguntar ahí si es posible iniciar el trámite de corrección.

Ya no es solo el calor o la distancia. Las escaleras en dirección curva la hacen marearse. Le empieza a calar la tirita del zapato que siempre que se los pone le saca ampolla. Algo que siempre olvida hasta que sucede y se promete no volver a ponérselos. Para colmo, se equivoca dos veces de oficina y se tiene que devolver desde donde empezó.
Cuando por fin llega a la oficina correcta, observa que el lugar luce completamente vacío. Llega a la primera ventanilla. Con la muchacha que tiene pestañas postizas a medio despegar. Antes de que pueda pronunciar una sola palabra la mujer la interrumpe preguntándole: ¿trae cita? No, no traigo. A pues, estamos atendiendo solo con cita. ¡Pero no hay nadie! No liase, se atiende solo por cita. (Respiro). A ver pues, sáqueme una cita. La tiene que agendar por internet. ¡Pero están vacíos! De todos modos, saque cita. Arcelia se sienta en una de las mas de veinte sillas disponibles en el lugar. Y desde su celular accede a la plataforma digital. Hace una cita. Se la dan de inmediato. Piensa con ironía: ¡Mira, que bien que ya estoy aquí!

Ahora sí, con cita en mano se para frente a la mujer de las pestañas, quien le pregunta: ¿trámite?  corrección de datos en un acta de nacimiento. Ah no, eso no lo hacemos aquí, solo en la oficialía del Centro de Gobierno. Nosotros no. Arcelia viene respirando profundo desde las ocho de la mañana que inició su trajinar. Se sienta de nuevo en las sillas vacías. Toma su celular y de nuevo la chica de las pestañas: No, allá no es cita por internet, allá es en persona. Arcelia se levanta, mira la hora en el gran reloj de pared como calculando si alcanza a llegar hasta el vado del rio. No, dice de nuevo la chica, allá atenderán hasta después del veintitantos. ¿Después del veintitantos podre ir a corregir mi acta? No. Después del veintitantos podrá ir a que le den una cita para esperar el día que pueda ir a corregir su acta.

 

Arcelia cruza el bulevar Solidaridad con el orgullo de ser mexicano en la mano y lo tira en el primer basurero que tiene cerca. La ampolla en el talón derecho se le ha reventado y el cuerito suelto del pie le lastima tanto como la impotencia que siente de haber perdido todo un día de trabajo, que con toda seguridad le descontarán. Y encima, no logró tramitar nada.

El día trascurre soleado y caliente. Un día como cualquiera. Arcelia sudorosa ayuda a su mamá sosteniéndola del brazo a brincar una banqueta.  Quizá el último de los obstáculos que les queda, antes de entrar a un consultorio del Doctor Simi.

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