11 agosto, 2022
Radio Sonora
Opinión de Juan Carlos Puebla

Entre sabios y sabiondos

Por Juan Carlos Puebla

La exaltación del conocimiento académico ha desautorizado a la sabiduría popular y tradicional. La fe ciega en la investigación nos ha alejado del sentido común. Muchas conclusiones que ahora presumen los reconocidos estudiosos y cultos son fruto de investigaciones costosas que sólo afirman obviedades ya conocidas por experiencias e impresiones humanas desde la antigüedad. La redundancia es un credo practicado por los conocedores modernos. Esta clase de pensadores se considera constructora de una realidad novedosa, superior a la antes vivida por la humanidad. El continuo rechazo a todo lo que ose parecerse a una tradición, es una tendencia de moda practicada por la ciencia contemporánea. Los hacedores de este mundo paradisíaco olvidan el antiguo refrán atribuido al sabio Bernardo de Chartres en el siglo XII: «nanos gigantum humeris insidentes» («somos enanos parados en hombros de gigantes»); la célebre metáfora fue retomada por un verdadero científico y sabio, Isaac Newton en 1675 cuando, con su reconocida humildad, afirmó: «Si he visto más lejos, es poniéndome sobre los hombros de Gigantes».

Es una verdad universalmente aceptada que la investigación académica y científica es enriquecedora y genera progreso, lo que intento cuestionar en este texto, querido lector, es su ineficacia en terrenos del conocimiento enigmáticos y misteriosos correspondientes a la sabiduría popular y a las tradiciones. La superioridad intelectual y el pragmatismo con los que se realizan las investigaciones actuales ocasionan una supuesta depuración de la sabiduría popular y tradicional. Los dogmas estructuralistas, cientificistas y dialécticos nos afirman que lo antiguo y popular es erróneo, infame y poco científico. El ejemplo más claro del desprecio al conocimiento proverbial se ve en nuestro descarte a la vejez. Todo lo que opinan nuestros antecesores está obsoleto por el simple hecho de ser viejo, sus reflexiones son irracionales por provenir de una época rancia e injusta. No se respeta ni se aprecia su riqueza sapiencial adquirida por la experiencia vivida.

Confundimos sabiduría con conocimiento técnico, dotamos a los sabelotodo de herramientas para investigar y de espacios para divulgar, pero humillamos a los sabios con argumentos falaces y los tildamos de ignorantes. Los actuales predicadores presumen su cultura y afirman idioteces decoradas con pseudociencia que fascinan a las multitudes sedientas de respuestas fáciles para sus problemas complejos. El conocimiento se ha reducido a una técnica para resolver o disolver problemas particulares de la vida corriente: mientras los estoicos se preocuparon por la racionalidad del destino, los genios de la autoayuda se apropian de sus conclusiones con el fin utilitarista de hacer sentir bien; los médicos venden descubrimientos de Hipócrates como soluciones modernas y alternativas de su ciencia; los educadores hablan de educar más allá del aula como lo hacía Sócrates con su mayéutica; los hábitos atómicos están de moda, pero las virtudes Aristotélicas son olvidadas; algunos neurocientíficos se atribuyen una visión cósmica del mundo fundamentada en pseudociencia sin reconocer a los grandes metafísicos y panteístas de nuestra historia. ¿Desde cuándo el conocimiento se convirtió en soluciones prácticas con una «metodología más científica»? ¿Por qué la sabiduría popular y tradicional se desestima con tanta frialdad?

La sabiduría es olvidada porque el conocimiento se ha dividido entre problemas y misterios, hace tiempo que los conocedores de misterios han sido humillados y los investigadores de problemas han sido enaltecidos. Los problemas son resolubles con estudios empresariales, de finanzas personales, de inteligencia emocional, coaching, experimentos químicos y biológicos, conferencias masivas y un sinfín de oferta impertinente que nos da el mercado pseudointelectual. En cambio, los misterios son los problemas del ser, todo aquel que se los plantea se involucra en ellos porque las respuestas que encuentra lo comprometen a vivir con un sentido amplio más allá del «yo». Los misterios son inagotables por el conocimiento, la ciencia exacta se puede aproximar a ellos, pero no los abarca por completo. Aquellos que niegan el misterio, terminan por negar el dinamismo en la vida misma o la existencia de la otredad (espiritualidad). Rebajan a una condición instrumental, el arte mismo de vivir. Los misterios nos orientan para reflexionar sobre el arte de vivir, mientras que los problemas sólo nos ayudan a superar obstáculos concretos de la cotidianidad.

Los verdaderos sabios son personas que pueden decir más sobre el misterio porque han convivido con la naturaleza y han reconocido su organicidad. Un sabio no se hace en la academia ni en universidades prestigiosas, se hace en la vivencia y en el diálogo. Los sabios son cuidadosos con sus afirmaciones porque identifican que el misterio está tan presente en la realidad que nunca la controlarán por completo. La vida es tan dinámica que existen muchos caminos para llegar a Roma.

La sabiduría va ligada a la edad porque entre más se vive, se descubren la grandeza y la misticidad de este mundo. En la antigüedad, sólo consideraban sabios a los mayores porque como dice el refrán popular: «los pájaros viejos no entran en jaula».

La sabiduría no se hace en las grandes urbes ni en las grandes investigaciones, se gana con una actitud de humildad –que se puede explicar en un trabalenguas socrático–, el saber que no sabemos nos hace comprender que nos queda mucho por saber; los que saben que saben, creen que ya saben por lo que nunca sabrán lo que no saben y se quedarán en la ignorancia resolviendo problemas cotidianos sin descifrar los misterios de la vida. Los sabelotodo modernos se dirán al oído con grandilocuencia que son conocedores y se confirmarán en su supuesta sabiduría porque «en el país de los ciegos, el tuerto es rey».

El refrán popular puede ser más verdadero que algunas investigaciones «académicas». Apropiarse de la cultura y del conocimiento es menospreciar la labor de profesiones milenarias que con mayor sabiduría que la sociología, psicología, sexología o cualquier profesión hiperespecializada que se atreva a adueñarse del «logos». Un campesino o artesano puede conocer más de la naturaleza por su experiencia que aquellos que niegan su existencia. Hay hombres sabios en el campo, en la pesca, con el ganado, en la fábrica, en la vejez, y hay ignorantes en la academia, en las aulas, con títulos universitarios y posgrados. Los principios evidentes de la realidad y su belleza los puede reconocer cualquiera con actitud de humildad, excepto los necios que no quieren ver lo que no pueden controlar con sus métodos rigurosos.

Cuando se menosprecian a la sabiduría popular y a las tradiciones no hay hombros en los que pararse, la humanidad se queda en su enanez. Terminamos reconociendo a maestros que plagian obviedades y no dicen más que falsedades, los hacemos famosos y les damos el falso título de sabios, aunque en realidad son sabiondos apócrifos.

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