20 febrero, 2024
Radio Sonora
Opinión de Sylvia Arvizu

Un trapito apuntando al sol

Llegó del Estado de Chihuahua hace casi cuarenta años y aún no se acostumbra al calor. Tiene la frente aperlada de sudor todo el tiempo. Un trapito viejo es eterno en su mano para limpiarse la cara. Lo mueve chistoso apuntando al sol. Con un año en ésta ciudad, la dulce espera de su hija mayor la obliga a echar raíces en el que ella llama “infierno sonorense”. El bochorno la acompaña siempre y se funde con esa sonrisa franca e inocente que solo la gente de pueblo tiene. Sonríe eterna. Tímida. Prudente.

Con el tiempo, otros tres hijos llegan. Crecen. Las tragedias de la vida crecen también. Llegan los nietos. La cárcel para la hija mayor, la viudez para la de en medio. La ausencia de su padre desde hace muchos años atrás cuando el cáncer se lo arrebata, le enseña a lidiar con el dolor ahora de la muerte de su madre. Dolor conocido ya, le dice adiós después de un infarto.

La Chelo lo observa todo en silencio. Sencilla. Humilde. Con la creatividad en una máquina de coser y la ignorancia de quien no termina la primaria, tuvo la sabiduría de no aprender a manejar nunca. Argumento que le ayuda siempre a mantenerse alejada del tráfico y la estridencia social.

Cualquier pedazo de cartón es útil instrumento para echarse viento en la cara. Para quitar el sudor del cuello. Para secar las lágrimas durante la visita a la cárcel. Es mas de una década ya de adentrarse entre las grises bardas. Es importante mantenerse fuerte. Que su hija no la vea quebrarse. Mejor es la charla, algo de la tele, quejas de la nieta, que la gasolina subió, que si el aguacate que caro. No dejar de hablar. Evitar los silencios. Casi no verse a los ojos, casi no llorar.

Aprovecha el momento para guardar en una bolsita los trastes de peltre floreados. Con mucho cuidado tapa los frijoles, el queso, las papas con chorizo. Repite tres veces a la hija, la consigna de meter todo al refri, para que no se le eche a perder la comida, que coma bien, que está muy flaca, que no se rinda.

La Chelo se despide. Da un medio abrazo que no la comprometa. Evade la mirada. Sabe que de coincidir se verá obligada a luchar con las ganas de quedarse con ella, su mas grande orgullo a pesar de las rejas y también su mas grande dolor. Por eso se apura, evita tardarse en la despedida. Que la fila afuera se acumula. Que batalla mucho en la salida. Que se apuren todos, solicita al resto de la familia.

Apenas unos pasos cruzando el portón y sin voltear, promete caldo de queso para la próxima visita. Especialidad de la Chelo, platillo favorito de la hija. Luego sonríe para adentro de sí. Temerosa. Agacha la cabeza en señal de respeto y simpatía al pasar junto a la custodia. Toma la mano de la nieta y juntas se dirigen pacientes al mundo afuera.

La nieta brinca, inquieta pregunta si le compraran como siempre un boli de fresa a la salida. Como desde hace más de diez años. Le dicen que sí para que se calle. En respuesta, contenta tararea una canción infantil. Es una canción que cantaba la Chelo cuando niña en el cada vez más lejano Chihuahua. Más de cuarenta grados de temperatura las abrazan sofocantes. La Chelo camina pausado. Cabeza baja. En silencio se limpia el sudor de la frente con un trapito, que con el movimiento pareciera ir apuntando al sol.

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