12 agosto, 2022
Radio Sonora
Opinión de Juan Carlos Puebla

Los finales de la historia

Ucrania, Yemen, Afganistán, Siria, Irak… En 1992 el famoso teórico político Francis Fukuyama publicó su obra magna: El fin de la historia y el último hombre. Fukuyama, motivado e inspirado por lo sucedido en 1991 con el Acuerdo de Belavezha, proclamó el fin de la historia. La tesis de su reconocido libro afirmaba que, con la caída de la Unión Soviética, el liberalismo había triunfado y con él, la humanidad iba a obtener el culmen de su progreso. Para el pensador norteamericano, en el liberalismo se encontraban las respuestas a todos los problemas de nuestra especie porque en él, la humanidad es capaz de satisfacer sus deseos, su razón y su anhelo de ser conocido. La economía liberal, con su mano invisible, nos permitiría hacer realidad nuestros sueños, nuestras querencias serían órdenes para el mercado. El libre mercado de ideas, propiciado por la política liberal, nos emanciparía de toda ideología impuesta, en el pluralismo pasaríamos de un estado de niñez en nuestros racionamientos a una madurez intelectual nunca vista. La democracia liberal y la libertad de expresión harían accesible la fama para todo aquel que la mereciera.
El sistema liberal, sin la amenaza del comunismo, alcanzaría el tan codiciado progreso ansiado por la humanidad desde sus inicios. Sólo era cuestión de tiempo para que todos los daños colaterales del fallido comunismo se borrarán de la faz de la tierra, en consecuencia, el liberalismo se viviría en todas las naciones. Con el sistema liberal propagado en la totalidad del mundo se consolidarían las superestructuras internacionales con las que llegaría un estado de paz perpetua profetizado por Immanuel Kant. La realidad superó a la ficción. Treinta años después, nos encontramos atrapados en el ciclo sinfín de violencia, drogadicción, desigualdad, guerras y miseria. ¿Qué o quién nos ha fallado?

La esperanza puesta en la libertad entusiasmó a la humanidad. Los años noventa se expresan con un constante optimismo en la cultura popular porque el hombre se ha liberado del yugo totalitarista de los viejos regímenes. El liberalismo había vencido por completo al fascismo, comunismo, nazismo, etc. Se elevaron las expectativas en la calidad de vida, se prometió un continuo progreso económico con la globalización, se garantizó que con el perfeccionamiento de la ONU llegaría la paz, se formaron organismos internacionales para enfrentar problemas como el cambio climático o la pobreza extrema. Mc Donald´s, Coca Cola y distintas marcas se expandían por el mundo predicando un modelo de vida feliz volcado en el consumismo. Generaciones enteras crecimos con la ilusión del fin de la historia y el triunfo de la libertad.

El siglo XXI desmintió las tesis utópicas sobre el modelo liberal. El 11 de septiembre de 2001 conmovió al planeta porque confirmó que las guerras seguirían. La economía liberal santificada, se desmoronó con la crisis de 2009. Las clases políticas continuaron con sus formas oscurantistas de gobierno: evitaron la transparencia, sistematizaron la corrupción, perfeccionaron el engaño y propagaron falsedades. Los populismos y nacionalismos resurgieron o se consolidaron en Occidente –al escribir esta oración sobre los líderes políticos actuales, resuena en mi cabeza la famosa canción de John Lennon, Gimme Some Truth–. Las confederaciones y las superestructuras internacionales, como la Unión Europea, que habían nacido para garantizar la paz fueron atacadas y cuestionadas. La desigualdad se agudizó en algunas regiones del mundo. La violencia se disparó en países como México. La sociedad entró en una fase de frustración y de angustia agravada por los efectos negativos de las redes sociales que se reflejan en la inestabilidad emocional de las nuevas generaciones.

Un estado de acedia nos asechó. Se generalizó el sentimiento de fracaso en la búsqueda de ideales como la paz, la equidad y la igualdad. La tensión creció con líderes políticos anómalos. La facticidad se explicitó en nuestro modo de vida. El desencanto de los grandes ideales generó un tedio profundo y una sensación de falta de sentido que nos invita a huir de lo que somos para convertirnos en fugitivos del falso mundo paradisíaco que queríamos crear. En el infinito mar de posibilidades, el fugitivo prefiere perderse en todo aquello que lo hace negar lo que es y afirmar lo que no es.

Ucrania es la muestra más clara del fracaso de una estrategia por progresar en la paz a través de una ineficiente y corrupta institucionalidad. La suma de negligencias de gobernantes de Oriente y Occidente agravaron el problema. La promoción de la igualdad, la libertad y la paz estuvo fundada en discursos maravillosos, pero falsos. La situación de nuestros hermanos ucranianos nos exhorta a entrar en un proceso de examen crítico para renovar todas nuestras luchas y estructuras sociales. Si no lo hacemos, estamos condenados a repetir las guerras, a castigar a los más vulnerables y a caer en las mentiras de un supuesto fin de la historia.

El examen crítico debe de realizarse en todas las instancias de nuestra vida personal y de la vida en sociedad. Ese examen redescubrirá la importancia de la Ética para formular una estrategia Política (social) centrada en la naturaleza y en la dignidad de la persona. No es momento para renunciar por cansancio a los ideales de dignidad, paz, justicia y respeto; al contrario, es la oportunidad de renacerlos, hacerlos propios y de vivirlos. Termino este texto invitándote, querido lector, a proclamar y a reflexionar la letra de la icónica canción del gran músico argentino, León Gieco: «Sólo le pido a Dios, que el dolor no me sea indiferente, que la resaca muerte no me encuentre, vacía y sola sin haber hecho lo suficiente (…) Sólo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente» …

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