12 agosto, 2022
Radio Sonora
Opinión de Juan Carlos Puebla

Romanticismo negro

Los beatniks, hippies, yonquis, entre otros sinfines de subgrupos contraculturales del siglo pasado tienen su origen en un perverso estilo de romanticismo negro que sigue embistiendo a millares de jóvenes contemporáneos a través de novedosas formas de expresión. El romanticismo negro es la síntesis de lo que fue el romanticismo alemán del siglo XVIII con el existencialismo pesimista francés del siglo XX. Este movimiento se consolidó a finales de los años 50.

Su fundamento plantea un amor a todo aquello que desprecie a la naturaleza y al orden habitual de la sociedad. Por ello, se exalta la liberación de lo obsceno; la desmesura es el único camino para llenar el vacío de una existencia absurda.

La idolatría a los excesos socava todo equilibrio. La escuela de Viena, la escuela de Frankfurt y las enseñanzas del viejo y errado Freud, les añadieron una justificación a los románticos oscurantistas para drogarse con desenfreno y presumirlo como una victoria del subconsciente al super-ego o como un triunfo marxista de los rebeldes en contra de las generaciones juzgonas, llenas de moralina y opresión. Janis Joplin, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Kurt Cobain (todo el maldito club de los 27) son lamentables víctimas, que se han mitificado en la cultura popular, de esta tentación tenebrosa que nos acosa por medio de canciones, arte, moda, cine, series, etc.

El romanticismo negro es atractivo porque apela al natural espíritu rebelde de la juventud y a la incomprensión sufrida por los adolescentes que reclaman una la liberación completa de todo estereotipo.

La estética del romanticismo oscuro en el siglo pasado se mezcló con la psicodelia propia de los años 60 llevada al esplendor y difuminada por los Beatles en su segunda etapa musical. Actualmente se ha expresado con la llamada moda trash o streetwear.

En el séptimo arte, incluyendo las series de televisión, se está utilizando una paleta de colores con tonalidades opacas de las cuales se distinguen los contrastes con morado, azul o rosa. Todo el diseño de producción está en universo depresivo.

Los personajes están exageradamente maquillados con un toque emo. Toda la realidad melancólica es hiperbolizada y todos los excesos son presentados con crudeza. La serie de HBO, Euphoria, es el romanticismo negro contemporáneo en su máximo esplendor.

El romanticismo negro sigue guiando al camino de la autodestrucción. Cada vez veo a más amigos míos, cercanos al mundo artístico o rebeldes por esencia, adoptando ese modo de vida. Los argumentos son los mismos que en los años 60. La inmadurez de quienes se entrometen profundamente en esa realidad, también. El destino que les depara ya está desvelado por suficientes tragedias. Los subgrupos contemporáneos alternativos y contraculturales tienen unas características ya conocidas por aquellos que vivieron los disturbios de los años 60: dan sentido de comunidad, prometen un paraíso terrenal, experimentan sensaciones fuertes, adornan el ocio con excesos y música, desordenan sus sentidos para huir de su triste existencia, aclaman la espontaneidad y promueven la promiscuidad, estudian la filosofía contemporánea sin contexto, son anti intelectualistas, promueven la melancolía y comparten actitudes depresivas.

Esos colectivos fundados en la idea del romanticismo negro son un espejismo, encausan la rabia de las injusticias de aquellos que sufren o están en una búsqueda de su identidad y les ofrecen un veneno disfrazado de antídoto. Ofrendan, con una gran carga emocional disfrazada de empatía, el rompimiento al convencionalismo, pero los aprisionan en el hedonismo.

Cultivan su dependencia a sustancias y ácidos en nombre de una liberación completa de su realidad. Promueven la utopía, pero enseñan a vivir en el engaño. Destruyen la religión, pero divinizan al caos. La fantasía rige su actuar y, como en una obra de teatro, un personaje ajeno a su yo se apropia de su vida hasta destruirlos.

Lo que parecen ideales libres y una vida bohemia inofensiva, termina en una serie de ideologías totalizantes que los incitan a renunciar a su individualidad para vivir por causas mayores que sólo, los que pertenecen a ese grupo, entienden. Los demás, incluso los seres queridos, no son dignos de esa lucha porque pertenecen a la tradición opresora que los ha orillado a vivir en el oscurantismo. Ellos, los que no pertenecen a su grupo, no son merecedores de tolerancia porque son agresores. La victimización es una característica primordial para mantener el sentido fundacional de estos subgrupos.

Las ideas modernas han evolucionado y se han radicalizado en la postmodernidad. Sus efectos son descifrables, el romanticismo negro, en el fondo, es sinónimo de autodestrucción. Así lo es todo movimiento o ideología fundada en filósofos como Sartre, Foucault, Simone de Beauvoir, Nietzche, etc. La pérdida de personalidad que he visto en amigos románticos y oscuros, me duele. En algunas conversaciones profundas con ellos me platican del estado natural, libre y salvaje del hombre, de los constructos sociales, de conspiraciones conservadoras y de manipulaciones al inconsciente colectivo de la masa.

Mi contestación es sencilla: en tu movimiento también hay manipulación a través de industrias (como la musical, pornográfica, televisiva, artística, etc.), la única diferencia es que a sus productos les llaman alternativos.

Le pido a la industria del entretenimiento (alternativa o no alternativa) y a mis lectores que no mitifiquen vidas trágicas justificando sus excesos con el pretexto del genio y del arte, bastante mal nos hace exaltar el alcoholismo de Hetfield, la drogadicción de Hendrix, el suicidio de Cobain y el vicio de Joplin. El camino de las adicciones es un sufrimiento interminable que destruye toda posibilidad de una vida digna. El mantra: alcohol, sexo y rock and roll (música) dañó profundamente el tejido social de algunas generaciones. Hoy, seguimos padeciendo esa herencia autodestructiva.

La rebeldía juvenil se puede encausar de otras formas, libre del pesimismo, el permisivismo y la autodestrucción. El camino transformador se puede dar a través de un principio que algunos llaman sindéresis: juzga bien, haz el bien y evita el mal.

La prudencia es la virtud que realmente permite la transformación del entorno para bien. Una vida prudente es todo lo opuesto a la desmesura porque es el recto juzgar, el punto medio. No podemos mejorar nuestra realidad si vivimos en una fantasía destructiva, no podemos ayudar a otros si somos manipulados o esclavizados por el hedonismo y la droga. El reto para terminar con el romanticismo oscuro es acabar con ese pesimismo excesivo que lleva al absurdo y elimina el sentido. Hay que pasar de la oscuridad a la luz, del romanticismo egoísta al romanticismo que ama a la humanidad, de la crueldad a la fraternidad, del infierno al cielo, de la escoria al bien, de la fealdad a la belleza, de la melancolía a la alegría. A todos mis conocidos atrapados por ese ambiente, tan viejo, pero tan novedoso, les digo que sí vale la pena aspirar a grandes ideales.

¡Hay razones suficientes para tener esperanza y para desear algo mejor, la felicidad! Dylan lo expresa en una de sus canciones más poéticas e icónicas, desde el título nos interpela a salir de ese hoyo malvado y miserable que también lo atrapó y cautivó, It´s Alright, Ma (I´m Only Bleeding), dice en una de sus estrofas más fuertes: “Insure you not to quit, to keep it in your mind and not forget, that it is not he or she or them or it, that you belong to (asegúrate de que no renuncies, para mantenerlo en tu mente y no olvidar, que no es él o ella o ellos o él al que perteneces)”.

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