12 agosto, 2022
Radio Sonora
Opinión de Juan Carlos Puebla

Adoctrinamiento cabal

La clasificación de ideologías a través de conceptos abstractos y rigurosos como: izquierda, derecha, conservador, progresista, etc., impiden una actitud crítica de pensamiento. Uno no puede expresar su cosmovisión sin ser sojuzgado por aquel que intenta escucharlo cuando las opiniones se confrontan. Antes de decir A, ya se es acreedor de todos los prejuicios o las culpas de personas que han enunciado una tesis similar. La riqueza del conocimiento no se puede descubrir si se intenta etiquetar todo aquello que se dice en una narrativa de relación entre opuestos. La bondad del diálogo no está en la confrontación, se encuentra en la complementación de argumentos.

En los últimos meses he intentado implementar un método para conversar de ideas complejas. Esta forma de dialogar la he aplicado como experimento en el aula con mis alumnos de Historia de la Filosofía que cursan la preparatoria. Mi intención es promover más el respeto a las opiniones con una humilde búsqueda de la verdad. Ante cuestiones polémicas, les pido que realicen los siguientes cuestionamientos precediendo su participación para contraargumentar:

1) ¿Entienden lo que está diciendo su compañero?, si no lo comprenden, la pregunta que le pueden plantear al expositor es la siguiente: “¿A ver si entendí, lo que tú estás diciendo es …?”

2) ¿Eso que está expresando es falso?, si no es falso, les pido que no intenten rebatir ese argumento para no viciar el proceso de diálogo con impulsos personales.

3) Si la opinión es falsa, los invitó a preguntarse lo siguiente para que entiendan si el error del argumento es por reduccionismo o por subjetivismo: ¿Es falso por qué falta información o por qué afirma una falacia?

4) ¿Le hizo falta aclarar alguna cuestión?, de ser así, los invitó a interpelar a su compañero para que aclaré su punto, “¿me puedes explicar mejor a qué te refieres cuando hablas de B…?”

5) ¿Puedo complementar en algo su respuesta?, al responder afirmativamente, los exhorto a participar enriqueciendo el argumento.

Una vez que han resuelto esos cuestionamientos, llegan a conclusiones que aportan a la discusión. Cuando entienden el argumento que se expone en clase y han vivido el proceso de este pequeño método, pueden vociferar sus aportaciones. De lo contrario, les suplico que sigan escuchando y anoten los argumentos de sus compañeros para que los puedan analizar mejor.

Mi objetivo no es llenar de criterios la participación en clase, lo hago para invitarlos a entrar en un proceso de diálogo que aporte más a las discusiones sociales, políticas, filosóficas, etc. Al visualizar y experimentar el bajo nivel de escucha en la opinión pública con programas llenos de altaneros que discuten los temas sociales a gritos, me preocupa que sigamos formando comunicadores que intenten debatir en modo competición y desprecien el dialogar con profundo respeto al conocimiento y a la persona. La viralización de pseudointelectuales o figuras públicas que se destruyen mutuamente en redes sociales, reduce toda exposición de diversas ideas a espectáculo vulgar. Ciegamente imitamos esa retórica irracional eliminando la crítica y manipulando conceptos para sentirnos ganadores de discusiones viciadas por nuestro egoísmo o por una remuneración.

El reclamo de la sociedad de formarse en el ideal de librespensadores está sustentado en divulgadores de información sin criterio. Los ciegos guían. Los maestros adoctrinan. Los líderes de opinión manipulan. El algoritmo nos encierra en una burbuja de pensamiento que reafirma nuestras creencias. Si queremos progresar en el ideal del librepensamiento, debemos promover una mayéutica plural y participativa para contrarrestar los excesivos juicios subjetivos al momento de hablar de ideas u opiniones. Para la juventud es más importante el espíritu crítico en esa búsqueda natural de identidad propia de la adolescencia, la crítica lleva a la apropiación de una autenticidad que a su vez constituye individualidad. Heidegger lo expresa mejor: “En la autenticidad el hombre se resuelve, elige adueñarse genuinamente de las posibilidades que se le abren”. Es tarea del docente y de los formadores abrirles las posibilidades del sentido de la vida a los jóvenes para que encuentren su individualidad y entiendan su existencia.

Abrirles esas posibilidades quiere decir invitarles a pensar. La mejor forma de iniciar con la reflexión crítica es leyendo, dialogando y escribiendo. La última fase del proceso es la escritura porque en ella se materializa lo que se piensa y lo que se ha dialogado, el lenguaje es pensamiento, si no se puede expresar, no existe claridad en la idea. Dentro de esa tarea de invitar a pensar hay que rescatar un fundamento que se difumina con regularidad, el librepensar requiere de la capacidad de oponerse a ideas. Sólo es propio de verdaderos libres pensadores respetar las ideas contrarias y señalar su desacuerdo con ellas.

Hay una anécdota histórica que ejemplifica mejor el antídoto ante el adoctrinamiento cabal al que sometemos el dialogo y el pensamiento. Jean Jaurès, uno de los líderes del partido socialista en Francia, gran estudioso de Marx, le escribió una carta a su hijo que estudiaba el bachillerato para explicarle la necesidad de que, a pesar de su ateísmo, conociera el cristianismo. La carta surge de la petición de su hijo a su padre para que le exima de estudiar la doctrina católica en su escuela, el sabio padre, no lo libera de esas materias y le cuestiona: “¿Quisieras tú, por tu ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?”. La conclusión final de la carta que escribe el político e intelectual para su hijo dice: “La cosa es muy clara: la libertad exige la facultad de poder obrar en sentido contrario”. Jean Jaurès murió asesinado por defender sus ideales.

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