El panel mundial de expertos había tomado ya la decisión: sería el doctor Drumlin —hasta hace poco asesor científico del presidente de los Estados Unidos—, el único ser humano con la oportunidad de probar el artefacto construido a partir de los planos e instrucciones recibidas en un comunicado extraterrestre. Decisión de último momento pues se pensaba que la electa sería la doctora Arroway. Pero en las entrevistas ella había afirmado que no creía en Dios porque no había evidencia para ello. Así perdió las simpatías.
Al poco tiempo se encuentran. Drumlin le dice a Arroway: “Se que piensas que es injusto. Lo que no sabes, es que estoy completamente de acuerdo con lo que tu dijiste. Y quisiera que el mundo fuera un lugar justo, donde la clase de idealismo que tu mostraste al responder, fuera recompensado. Que tus palabras no se hubieran usado en tu contra, como lo hice yo. Desafortunadamente, no vivimos en ese tipo de mundo”.
Con aplomo, Arroway le responde: “Es gracioso. Siempre he creído que el mundo es lo que nosotros hacemos de él”.
Técnicos o rudos
“Contacto” (1997) es una película dirigida por Robert Zemeckis a partir de una novela escrita por el célebre astrónomo y divulgador Carl Sagan, que construyó a partir de historia que (se dijo) desarrolló junto con su esposa Ann Druyan. Ya muerto el astrónomo, hubo disputa; pero eso lo comento al final.
La historia se gira alrededor del descubrimiento que hace la científica Eleanor Arroway (interpretada por Jodie Foster) al escuchar ondas electromagnéticas en el espacio a través de telescopios en nuevo México. Es una actividad financiada por manos privadas, porque al programa público que se dedicada a ello, el doctor David Drumlin (Tom Skerritt) lo ha querido dejar sin fondos para operar. El mensaje captado por Arroway termina siendo un conjunto de planos e instrucciones para construir un artefacto que, se piensa, puede transportar a una sola persona al espacio exterior.
Siguiendo esa estructura, la película plantea preguntas casi existenciales. O completamente existenciales, si se quiere.
Casi tres décadas han pasado desde que se estrenó en las pantallas y es una joya en muchos de sus aspectos. Tiene mucho por dónde verse. Al menos dos escenas deben disfrutarse repetidamente
La secuencia inicial, es una de ellas. Es un recorrido en fuga que se hace desde una porción del planeta Tierra (la costa este de Estados Unidos) al infinito; se pasa de una saturación sonora al incómodo silencio del vacío. Esta fue, por muchos años, el compuesto más largo generado por computadora y sirvió de ejemplo sobre cómo podían hacerse bien las cosas.
La otra escena se ubica unos veinte minutos después de iniciada la película. Sucede cuando Arroway, de niña, encuentra a su papá tirado en el suelo. Luego sabremos que ahí murió. Pero es la reacción de la niña (subir corriendo la escalera, a buscar en el baño unas pastillas para su papá) el momento donde sucede un efecto visual que todavía sorprende: la imagen de la niña es captada desde un plano frontal, se le adelanta en un recorrido que va desde el piso de abajo, por las escaleras y llega a una segunda planta. Solo al final, de manera incomprensible, vemos que todo sucede dentro de un espejo. ¿Confuso o interesante? Hay que ver la escena.
Un dato adicional. A lo largo de la película, en diferentes objetos forman la constelación Corona del Norte, una media luna: está en el suelo, cuando el papá de Arroway muere formado por palomitas de maíz. Está en el cielo en su viaje y en la arena. Está, también, en la tierra que se observa al final de la película. Era, se dice, la favorita de Carl Sagan. Se incluyó como un homenaje, pues murió meses antes del estreno de la película.
El mano a mano
La película suele ser analizada a partir del enfrentamiento entre ciencia y fe. La protagonista, la doctora Arroway, tiene ese dilema que va construyendo el arco de su personaje a lo largo de la historia.
Hay, sin embargo, otro ángulo que puede explorarse: la relación entre las personas que se dedican a la ciencia y las personas que se desempeñan en la burocracia.
Drumlin representa al burócrata, pragmático, carismático cuando se requiere pero frío e impersonal en el fondo. Proviene del mundo de la ciencia, pero ha sabido escalar dentro de las jerarquías del poder y es cercano al centro de las decisiones. No se le conocen otros méritos más que, justo, esa cercanía con el poder que lo llevan de estar cerrando el proyecto donde trabaja Arroway a encabezarlo, a ser la persona designada con el honor de probar la maquinaria extraterrestre. En el extremo opuesto, Arroway es idealista, motivada por compromisos que asumió desde la infancia. Es incansable y es, en gran medida, la que hace que las cosas sucedan. Pero no se le ve cómoda cumpliendo con las formas y los protocolos le fastidian. Habla desde el corazón y con entusiasmo, no hay cálculo en sus palabras.
Estos personajes pueden sufrir algo el estereotipo y la encarnación de lo bueno como algo ingenuo y lo malo como algo calculador. Pero más allá, pueden bien tomarse como una representación de la tensión existente entre “técnicos” y “rudos”.
¿Quién vence a quién? Pues el burócrata gana el lugar para probar la máquina, pero muere; aparece un segundo artefacto y la científica pasa directo a ser la seleccionada. Pero ¿esto significa que ella gana? Para nada, porque al final es la fuerza de la burocracia la que siembra la duda de lo que realmente sucedió, la que le impone el silencio a la doctora Arroway. Y es, en los entretelones del poder, donde se quedan los elementos que permitirían comprender hubo o no un viaje interestelar. ¿Entonces?
A ras de lona
Una semana después de la muerte de Carl Sagan, Francis Ford Coppola (director de El Patrino, entre otras) le demandó por incumplimiento de contrato. Buscaba un pago mínimo de un cuarto de millón de dólares porque, alegaba, “Contacto” estaba basada en una historia corta escrita entre él y Sagan unos veinte años antes. El asunto llegó hasta una segunda instancia, allá en California, pero finalmente terminó con una decisión contraria a los intereses del director.



